Woody, tómate en serio. Sobre «A propósito de nada»

Woody, tómate en serio. Sobre «A propósito de nada»

Mis expectativas eran elevadas porque  durante años esperé los títulos blancos sobre fondo negro con auténtica emoción. He visto todas sus películas, ha marcado mi sentido del humor y me he sentido identificado con su neurosis. Pero más allá del cliché de la hipocondría y el miedo a la muerte (dos caras de la misma moneda), Woody Allen ha creado obras complejas, donde explora las decisiones y sus consecuencias e indaga sobre la culpa y la vergüenza con la precisión de los grandes escritores rusos. Me refiero a obras como Delitos y faltas, Hanna y sus hermanas o Match Point. Woody Allen no es una estrella de la prensa del corazón. Es uno de los grandes directores del Siglo XX, capaz de evolucionar, en una misma película, desde la comedia más tonta a la trascendencia sin engolamiento.

Tal es su grandeza que incluso en películas menores, como Celebrity, dedicada en apariencia a mostrar las miserias de la fama y su superficialidad, realiza un delicado estudio sobre el narcicismo, la crisis de la mediana edad y la dependencia del criterio ajeno. Por cierto, una de las celebridades que hacen cameo es el mismísimo Donald Trump. Qué vueltas da la vida. Por entonces Trump era un promotor inmobiliario y Woody Allen un genio unánime. Ahora, no hace falta explicar lo que ocurre ahora.

Parece que sus decenas de joyas fueron creadas por el azar. Desde la primera página a la última incurre en una falsa modestia anticlimática y se muestra como un comediante que ama el jazz primigenio.

Como fan de su obra quería leer sobre el origen de sus obsesiones o sobre la influencia de Bergman en su obra. También quería conocer su opinión respecto de aspectos narrativos y cinematográficos. Sin embargo, no entra en el análisis. Parece que sus decenas de joyas fueron creadas por el azar. Desde la primera página a la última incurre en una falsa modestia anticlimática y se muestra como un comediante que ama el jazz primigenio. No considera, por lo tanto, su obra digna de análisis y recuerdo más allá de su próxima muerte –tiene 85 años- y dedica la mayor parte de su autobiografía a demostrar que ha pasado su vida rodeado de locas que le han hecho la vida imposible sin que él tuviera ninguna responsabilidad en tales elecciones ni en sus consecuencias. Resulta paradójico viniendo de un artista que ha conseguido sus mayores logros analizando las consecuencias de los actos y la dificultad de lidiar con la culpa. Si se rodea de supuestas perturbadas es porque le reflejan y le gustan. Quienes nos rodean son nuestros espejos. Por ejemplo menciona los malos tratos que sufrió Farrow y su familia, pero minimiza las palizas diarias que recibía su madre y la dejación de un padre próximo a la mafia. Es decir, tal vez tus parejas tuvieran ciertos desequilibrios, pero él las iguala o supera.

No me interesa la masacre en que tanto él como Mia Farrow han convertido su relación. La guerra de los Rose, aquella película de Michael Douglas y Kathleen Turner se matan por un mal divorcio, es un capítulo de Pocoyó comparado con esta guerra. No desean la ruina del otro, más bien buscan su tortura y muerte. Al centrarse en la polémica, Allen ha sobrevalorado su fortaleza y el apoyo de sus lectores. Sobre todo porque quiere llevar toda la razón en todos los ámbitos. Un gesto de reconocimiento y de magnanimidad le habría beneficiado. El signo de los tiempos está en su contra y eso pesa mucho más que razones o tribunales que nunca llegarán a una conclusión absoluta. Dependen de la memoria que, como todos sabemos, es quebradiza y voluble. Una pena de libro. Señor Allen, escriba una segunda parte y tómese en serio.