Escribir durante el confinamiento es imposible

Escribir durante el confinamiento es imposible

Suele ocurrir que cuando se dan las mejores circunstancias para escribir resulta imposible hacerlo.  El confinamiento parece, en principio, el estado ideal de cualquier escritor, sobre todo de cualquier escritor solitario, que no deba pasar ocho horas trabajando y seis horas supliendo al profesor de sus hijos. Sin embargo la inmensa mayoría de los testimonios evidencian que la creación, incluso la simple escritura de un artículo, se ha convertido en una labor, si no imposible, sí mucho más difícil que en los viejos tiempos, cuando escribíamos sometidos a la supuesta tiranía de la cotidianeidad, cuando debíamos vencer las tentaciones de la vida social y familiar y conseguir la soledad era un acto casi heroico.

Existen motivos evidentes y causas menos obvias. Entre las primeras sobresale la tensión interna y externa, la incertidumbre brutal sobre todos los aspectos de lo considerado inamovible, desde la vida misma hasta el sustento. El desasosiego causa ansiedad y dificulta cualquier esfuerzo sostenido. Además el escritor está acostumbrado a hacer lo que le plazca cuando le apetece y suele llevar muy mal los mandatos externos. La tensión externa proviene, sobre todo, de la saturación de datos, del cambio constante de criterio y de situación, del desconocimiento casi absoluto sobre la naturaleza del virus y los síntomas que causa, de la ignorancia sobre las circunstancias de la vida que vendrá y, también, del miedo a que el regreso del virus obligue a una repetición de este martirio chino.

La realidad compartida, las bases comunes en las que se apoya cualquier obra creativa se han tambaleado y el escritor no sabe sobre qué escribir, ni siquiera tiene distancia sobre el terremoto que aqueja a lo que antes consideraba inamovible.

Existen, como antes apuntaba, causas menos obvias. Por ejemplo la ruptura de las fronteras que separaban la realidad y la ficción, lo cotidiano y lo distópico. Un capítulo de Black Mirror o de cualquier otra fantasía futurista se ha convertido en una obra costumbrista. La realidad compartida, las bases comunes en las que se apoya cualquier obra creativa se han tambaleado y el escritor no sabe sobre qué escribir, ni siquiera tiene distancia sobre el terremoto que aqueja a lo que antes consideraba inamovible. Solo puede escribir crónicas, diarios –hay cientos en las redes, de calidad muy dispar- sobre el día a día.

Pero, como todo, como nuestras propias vidas, esto pasará. Cualquier profecía sobre lo que viene es inútil. Nadie sabe si dentro de seis meses la normalidad habrá regresado, si la nueva normalidad será indistinguible de la antigua o si un nuevo castigo bíblico caerá sobre todos nosotros.